🧊 La expedición perdida de Franklin: los barcos fantasma que el hielo se tragó

En mayo de 1845, dos barcos británicos salieron de Inglaterra con una misión ambiciosa: encontrar el legendario Paso del Noroeste, una ruta marítima que permitiría unir el Atlántico y el Pacífico atravesando el Ártico canadiense.

Los barcos se llamaban HMS Erebus y HMS Terror.

Sus nombres ya parecían escritos para una tragedia.

Al mando iba sir John Franklin, un veterano explorador polar que partió convencido de que aquella expedición podía resolver uno de los grandes sueños geográficos de Europa. Llevaban provisiones para años, tecnología moderna para la época, oficiales experimentados y la seguridad de pertenecer a la Royal Navy.

Pero ninguno regresó.

Durante más de siglo y medio, la expedición de Franklin se convirtió en uno de los mayores misterios de la exploración polar: dos barcos desaparecidos, 129 hombres perdidos y un rastro de pistas heladas repartidas por una de las regiones más duras del planeta.


🧭 El sueño de cruzar el techo del mundo

Durante siglos, Europa buscó una ruta marítima que permitiera llegar a Asia sin rodear África ni América del Sur. El llamado Paso del Noroeste prometía algo enorme: una vía por el norte de Canadá que conectaría los dos grandes océanos.

El problema era evidente.

El Ártico no era un simple espacio en blanco en los mapas. Era un laberinto de hielo, niebla, temperaturas extremas, noches interminables y mares que podían cerrarse durante años. Muchos exploradores lo habían intentado antes. Algunos regresaron derrotados. Otros ni siquiera regresaron.

Franklin partió con una confianza muy propia del siglo XIX británico: la idea de que la tecnología, la disciplina naval y la voluntad imperial podían imponerse incluso al hielo.

Pero el Ártico no entendía de imperios.


🚢 Dos barcos preparados para resistirlo todo

El Erebus y el Terror no eran barcos cualquiera. Habían sido reforzados para navegar en aguas polares y ya tenían experiencia en expediciones extremas. Sus cascos fueron preparados para soportar la presión del hielo, llevaban calefacción interna y contaban incluso con motores de vapor adaptados, una innovación importante para la época.

También transportaban una enorme cantidad de provisiones: carne en conserva, sopa, chocolate, té, vino, aguardiente, tabaco, libros, instrumentos científicos y material para varios años. Sobre el papel, parecía una expedición muy bien equipada.

Y ahí está una de las partes más inquietantes de la historia.

No desaparecieron por improvisación.

No eran aventureros sin recursos.

Eran hombres preparados, en barcos preparados, con una misión oficial y todo el respaldo del mayor poder naval del mundo.

Aun así, el hielo ganó.


❄️ El último avistamiento

Los barcos zarparon de Greenhithe, en Inglaterra, el 19 de mayo de 1845. Tras pasar por Escocia y Groenlandia, fueron vistos por última vez por balleneros europeos en la bahía de Baffin, en el verano de ese mismo año.

Después, silencio.

Al principio no hubo alarma inmediata. La expedición llevaba provisiones para mucho tiempo, y en los viajes polares era normal pasar largos periodos sin noticias. Pero los meses se convirtieron en años. Y los años, en preocupación.

La esposa de Franklin, Jane Franklin, presionó con fuerza para que se organizaran búsquedas. La desaparición empezó a obsesionar a Gran Bretaña. ¿Dónde estaban los barcos? ¿Seguían vivos? ¿Habían encontrado el paso? ¿Estaban atrapados?

La respuesta tardaría mucho en aparecer.

Y cuando apareció, fue peor de lo que muchos imaginaban.


🧊 El hielo que no los dejó escapar

Hoy sabemos que el Erebus y el Terror quedaron atrapados cerca de la isla del Rey Guillermo, en el actual territorio canadiense de Nunavut. El hielo los inmovilizó durante meses, luego durante años.

La expedición pasó el invierno de 1845-1846 en la isla Beechey, donde murieron tres hombres. Sus tumbas, descubiertas años después, se convertirían en una de las primeras pruebas físicas del paso de Franklin por el Ártico.

Más tarde, los barcos avanzaron hacia el sur, pero quedaron bloqueados en el hielo en 1846. Allí permanecieron durante el invierno de 1846-1847 y también durante el siguiente.

Franklin murió el 11 de junio de 1847.

La expedición quedó entonces bajo el mando de Francis Crozier y James Fitzjames. Para abril de 1848, la situación era insostenible. Según una nota encontrada años después, los supervivientes abandonaron los barcos y trataron de caminar hacia el sur, en dirección al río Back.

Eran 105 hombres.

Ninguno sobrevivió.


🕯️ La nota que reveló el desastre

Una de las piezas clave del misterio fue la llamada nota de Victory Point, encontrada en 1859 por la expedición de Francis McClintock. Era un documento breve, pero demoledor.

En él se confirmaba que los barcos habían quedado atrapados, que Franklin había muerto y que los supervivientes habían decidido abandonar el Erebus y el Terror.

La imagen es difícil de olvidar: más de cien hombres enfermos, debilitados, arrastrando trineos y botes sobre una tierra helada, intentando alcanzar una salvación que estaba demasiado lejos.

No murieron de una sola causa.

Murieron por una combinación brutal de frío, hambre, agotamiento, enfermedades como el escorbuto y probablemente intoxicación por plomo procedente de las conservas o de otros elementos del sistema de abastecimiento. Durante años se habló mucho del plomo como explicación principal, pero hoy se entiende mejor como una pieza más dentro de una catástrofe mucho más compleja.

El Ártico no necesitó un único golpe.

Los fue venciendo poco a poco.


☠️ El detalle más oscuro

Hay una parte de esta historia que durante mucho tiempo resultó casi imposible de aceptar para la sociedad británica: los testimonios inuit hablaron de hombres desesperados, cadáveres y señales de canibalismo.

En 1854, el explorador John Rae recogió información de comunidades inuit que habían visto restos de la expedición. Sus informes fueron recibidos con rechazo en Gran Bretaña. Para muchos, era impensable que oficiales y marineros británicos hubieran llegado a ese extremo.

Pero el tiempo dio peso a aquellos testimonios.

Estudios modernos sobre restos humanos encontrados en la zona han identificado marcas de corte en huesos compatibles con prácticas de supervivencia extrema. No es una parte agradable de contar, pero sí es importante: durante décadas se ignoró o se despreció el conocimiento inuit, y ese conocimiento conservaba piezas esenciales de la verdad.

La historia de Franklin no es solo una tragedia de exploradores.

También es una lección sobre soberbia, escucha y supervivencia.


👁️ El detalle que casi nadie conoce

Los barcos no fueron encontrados hasta tiempos muy recientes.

El HMS Erebus fue localizado en 2014. El HMS Terror, en 2016.

Más de 160 años después de la desaparición.

Y lo más llamativo es que los hallazgos confirmaron algo importante: la tradición oral inuit había conservado pistas muy valiosas sobre el destino de los barcos. Durante generaciones, aquellos relatos habían señalado zonas, recuerdos y detalles que la historia oficial tardó demasiado en tomar en serio.

El Terror apareció en la bahía que hoy lleva su nombre, Terror Bay, en un estado de conservación sorprendente. El Erebus, por su parte, fue hallado en aguas menos profundas y ha proporcionado numerosos objetos a los arqueólogos.

Cada hallazgo es una pequeña ventana al final de la expedición: botellas, platos, instrumentos, piezas del barco, objetos personales.

No resuelven todos los misterios.

Pero devuelven humanidad a los desaparecidos.


🌊 Cuando los barcos fantasma volvieron del silencio

Durante más de un siglo, el Erebus y el Terror fueron casi fantasmas históricos. Se sabía que habían existido, se conocían fragmentos de su ruta, se habían encontrado restos humanos y objetos sueltos, pero los barcos seguían perdidos.

Su descubrimiento cambió la historia.

No porque devolviera la vida a aquellos hombres, sino porque permitió estudiar el desastre desde otra perspectiva. Los pecios están protegidos como sitio histórico nacional de Canadá y son investigados por equipos arqueológicos especializados, en colaboración con comunidades inuit.

Bajo el agua helada, los barcos siguen guardando preguntas.

¿Quedaron documentos escritos en algún camarote?

¿Hay diarios, mapas o registros protegidos por el frío?

¿Podrían aparecer nuevos datos sobre los últimos días de la expedición?

La historia aún no está completamente cerrada.

Y eso explica por qué Franklin sigue fascinando tanto.


📜 Conclusión: el mapa también tiene tumbas



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About the author

Grace Bennett es una historiadora del arte y escritora freelance con una pasión por explorar las intersecciones entre la naturaleza, el simbolismo y la expresión artística. Con un historial en arte renacentista y moderno, a Grace le gusta descubrir los significados ocultos detrás de obras icónicas y compartir sus ideas con amantes del arte de todos los niveles. Cuando no está visitando museos o investigando las últimas tendencias en arte contemporáneo, puedes encontrarla caminando por el campo, siempre persiguiendo el próximo arcoíris.

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