
Hoy el café es parte inseparable de nuestra vida cotidiana. Lo bebemos para empezar el día, para acompañar una conversación o como ritual social. Sin embargo, en el siglo XVII, esta bebida aromática y estimulante estuvo a punto de ser erradicada de Europa y del Imperio Otomano. Para muchos líderes religiosos y políticos de la época, el café no era un simple brebaje… sino la “bebida del diablo”.
El café llega a Europa
El café tiene sus orígenes en Etiopía y se popularizó en el mundo islámico a través del Yemen en el siglo XV. Desde allí, se extendió por las ciudades del Imperio Otomano, donde se abrieron las primeras casas de café (qahveh khaneh), espacios de reunión donde los hombres charlaban, debatían y escuchaban música.
Los comerciantes venecianos lo introdujeron en Europa a comienzos del siglo XVII. Pronto, Venecia, Londres, Viena y París vieron florecer las primeras cafeterías, que se convirtieron en centros de intercambio intelectual y político.
El café como amenaza
El éxito del café no fue bien recibido por todos. En muchos lugares, la bebida fue vista con sospecha. Sus efectos estimulantes —el hecho de mantener a la gente despierta, conversando y debatiendo durante horas— generaban inquietud.
En el Imperio Otomano, el sultán Murad IV llegó a prohibir el café en la década de 1630, temiendo que las cafeterías se convirtieran en focos de conspiración contra el poder. Los castigos eran severos: desde azotes hasta la pena de muerte para quienes desobedecieran.
En Europa, algunos sectores de la Iglesia católica veían en el café un producto peligroso. Su sabor amargo y su asociación con el mundo islámico hicieron que se lo llamara “bebida satánica”. Hubo incluso teólogos que pedían al papa su prohibición.
¿El papa contra el café?
Una de las anécdotas más curiosas la protagonizó el papa Clemente VIII. Ante la presión para prohibir el café, decidió probarlo antes de tomar una decisión. Tras beberlo, se cuenta que exclamó:
“Esta bebida de Satanás es tan deliciosa que sería un pecado dejar que solo los infieles la disfruten”.
En lugar de prohibirlo, el papa bendijo el café y lo permitió entre los cristianos. Paradójicamente, este gesto aceleró su expansión en Europa.
De bebida sospechosa a motor cultural
A pesar de las prohibiciones y suspicacias, el café sobrevivió. Las cafeterías se convirtieron en el “petróleo intelectual” del siglo XVII y XVIII. En Londres se las llamaba “penny universities”, porque por el precio de una taza podías escuchar debates de filósofos, comerciantes y científicos.
En Viena, tras la retirada de los turcos en 1683, se fundaron cafeterías que pronto serían parte esencial de la vida cultural de la ciudad. En París, cafés como el Procope se convirtieron en puntos de encuentro de ilustrados y revolucionarios.
Una bebida que venció al miedo
Lo que en su momento fue condenado como “bebida del diablo” se transformó en símbolo de modernidad, sociabilidad y cultura. El café pasó de ser un producto sospechoso a una de las bebidas más influyentes de la historia, capaz de inspirar ideas, revoluciones y nuevas formas de pensar.
✒️ Conclusión:
El café prohibido del siglo XVII nos recuerda que, detrás de algo tan cotidiano como una taza humeante, se esconden siglos de controversia, miedo y fascinación. Lo que un día fue visto como una amenaza, hoy es el combustible de nuestras mañanas y de incontables conversaciones alrededor del mundo.



Deja un comentario