Cómo tres maestros interpretaron el mismo milagro con visiones pictóricas diferentes
La Adoración de los Pastores —extraída del evangelio de Lucas (2:15-20)— aparece en el arte occidental como uno de los temas fundamentales de la iconografía navideña. Más allá de la escena bíblica, el modo en que cada artista la representa revela cosmovisiones, estilos y simbolismos propios de sus épocas y sensibilidades. Aquí exploramos cómo Murillo, El Greco y Hugo van der Goes abordaron este momento donde lo divino se encuentra con lo humano.

🐐 1. Bartolomé Esteban Murillo: intimidad barroca y luz divina
🎨 Una escena humana iluminada
En la versión de Murillo (c.1650, Museo del Prado, Madrid) la escena se presenta como una visión cálida, directa y cercanísima al espectador: el Niño Jesús, desnudo, es sostenido por María, rodeado por pastores humildes que le ofrecen regalos tan cotidianos como un cordero, gallinas o huevos.
Murillo concentra la atención en una forma clásica del barroco español: el chiaroscuro —contraste de luz y sombra— ilumina sin artificio, subrayando el rostro del Niño y de María, mientras que el resto de personajes queda en una penumbra que acentúa la atmósfera íntima y contemplativa.
🔍 Significados ocultos
- La luz que emana del Niño no es solo cromática: simboliza al “Verbo hecho carne”, el Cristo como Luz del Mundo que vence la oscuridad del pecado y la ignorancia.
- Los objetos humildes de los pastores (huevos, aves, corderos) funcionan como símbolos de pureza y sacrificio: el cordero remite al Agnus Dei, prefigurando la entrega redentora de Jesús.
- La atención en las texturas cotidianas (piel, paja, cesta) refuerza la dimensión terrenal del misterio divino, propia de la espiritualidad barroca andaluza.
Este Murillo es un relato humanizado y devocional: Dios nace entre simples mortales, y el espectador queda casi invitado a arrodillarse junto a ellos.

✨ 2. El Greco: tensión espiritual y energía mística
🎨 Más allá de la forma, ascensión de la emoción
La Adoración de los Pastores de El Greco (1612-1614, Museo del Prado) representa el episodio con un lenguaje visual casi expresionista antes de tiempo: las figuras alargadas, la luz dramática y las pinceladas vibrantes parecen sugerir un mundo espiritual que irrumpe en el espacio real.
Esta obra fue concebida para colgar sobre la tumba del propio artista en el convento de Santo Domingo el Antiguo (Toledo), y se ha interpretado como una plegaria pictórica hacia lo eterno.
🔍 Detalles simbólicos y asequibles
- La escena se divide en dos ámbitos: lo terrenal (pastores y familia) y lo celestial (ángeles suspendidos en la parte superior), como si el cielo y la tierra se tocasen en la figura del Niño.
- El Niño parece emitir luz propia, envuelto en blancura que conduce toda la composición, algo poco convencional en el Renacimiento tardío pero característico en la estética grequista que busca intensificar lo espiritual.
- El dinamismo de las figuras recuerda un “ritmo danzante” más que una quietud contemplativa: la pasión y el asombro son parte de la escena, no solo estados interiores.
En El Greco, la escena se convierte en una experiencia sobrenatural más que un relato devocional doméstico.

🌾 3. Hugo van der Goes: monumentalidad narrativa y simbolismo renacentista
🎨 El tríptico Portinari y la iconografía densa
La versión central de Hugo van der Goes dentro del Retablo Portinari (c.1476-1478, Gallerie degli Uffizi) es posiblemente la representación más influyente del tema en el Renacimiento temprano. Este panel central del tríptico no solo muestra a los pastores adorando al Niño, sino que también está repleto de símbolos que dialogan con la teología eucarística y la tradición bíblica.
Este retablo, encargado por Tommaso Portinari, comerciante florentino de origen flamenco, fue enviado a Florencia y allí influenció profundamente a pintores italianos por su detallismo y realismo narrativo.
🔍 Iconografía simbólica
- La Eucaristía anticipada: la disposición de los ángeles con vestiduras litúrgicas, las espigas de trigo y las flores (lirios, claveles) remiten a la celebración de la misa y al sacrificio de Cristo en la cruz —una doble lectura: nacimiento y pasión anticipados.
- Arquitecturas en ruinas: las estructuras degradadas alrededor representan la transición del Antiguo Testamento al Nuevo, con Cristo inaugurando la nueva alianza.
- Objetos naturales y flores simbólicas (lirios por pureza, claveles por la Trinidad, columbinas por el Espíritu Santo) hacen de la escena un “catecismo visual” para fieles instruidos en signos cristianos.
En el Portinari, la escena es tanto una representación bíblica como un lienzo teológico: cada detalle apunta a una doctrina o misterio cristiano, concebido para instruir a los fieles a través del arte.

🧠 ¿Qué une y qué separa estas tres obras?
Temas comunes
- Presentan el anuncio evangélico del nacimiento de Cristo centrado en los pastores, los primeros recipientes del mensaje divino.
- Todos utilizan la luz como símbolo de lo divino, aunque de modos diferentes: naturalista en Murillo, transcendente en El Greco, simbólica y teológica en van der Goes.
Diferencias fundamentales
| Aspecto | Murillo | El Greco | van der Goes |
|---|---|---|---|
| Estilo artístico | Barroco español, luz íntima | Manierismo místico, gestos alargados | Renacimiento flamenco, detallismo narrativo |
| Relación con espectador | Cercana y devocional | Transcendente y emocional | Didáctica y simbólica |
| Simbolismo | Sacrificio y humildad | Ascenso espiritual | Eucaristía y teología sacramental |
🏁 Conclusión – Un mismo relato, tres revelaciones pictóricas
La Adoración de los Pastores no es un “tema fijo”: es un prisma que revela la mirada de cada artista sobre lo humano y lo divino.
Murillo nos acerca la escena al calor humano de la fe sencilla.
El Greco la convierte en un puente entre lo visible y lo invisible, donde la luz y el movimiento son plegarias.
Hugo van der Goes la despliega como una narrativa didáctica repleta de símbolos que articulan sacramento, tradición y teología.
En conjunto, estas tres obras son una lección visual sobre cómo el arte puede hacer tangible —y enseñar— el misterio de la Encarnación. Aquí lo divino no solo se representa: se experimenta con los ojos, con la luz y con los signos que atraviesan siglos de pensamiento cristiano y sensibilidad estética.



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